Me entrego a ti
como el surco a la simiente,
como el agua al campo
con ímpetu, con bravura,
enardeciendo la brisa de mar que nos envuelve.
Porque supiste leer la soledad detrás de mi sonrisa
Y te quedaste,
desafiando los
silencios de mi piel
arrastrando con placer desenfrenado,
las raíces de mis tejidos.
Me vuelvo devota a la profecía de tu cuerpo
cuando el sol de tu voz me calienta
y en el bosque de tu pecho
busco mi corazón que florece.
Me pierdo en caricias de besos descendentes
cuando liberas pájaros de ternura
en la blanca desnudez de mis senos.







