No
dejaré que en mis labios muera,
como
secreto pecado,
la
calidez de tu nombre.
Será
testigo Buenos Aires
de
este osado amor
que
gritaré por sus calles,
libre,
y
el eco del cemento espantará
a
los cobardes con
voces
insensatas.
Corazones
de mármol ríen
mientras
la hipocresía
sentencia
nuestros rostros en los muros.
Pero
nada importa.
En
mi corazón hasta hoy desierto
habitas.
Aquí
, en lo blanco del alma
prendida
como un “no me olvides”
estás…






